Reforestación, agricultura y pesca para volver a empezar en Japón
La provincia de Miyagi, en el noreste de Japón,
lucha por repoblar sus bosques, diezmados por el devastador tsunami de
hace casi un año, mientras que pequeños grupos de agricultores y
pescadores retoman paulatinamente su vida tras haberlo perdido todo.En la ciudad de Natori, en la provincia de Miyagi, la más afectada por
la catástrofe con más de 11.260 muertos, el horizonte es el de un páramo
de lodo cubierto por nieve y restos de madera del bosque que recorría
el litoral antes de quedar arrasado por el tsunami.
En los últimos meses el Gobierno ha limpiado las zonas en las que antes
se levantaban barrios residenciales, fábricas y campos de cultivo, y
ahora solo quedan los cimientos de algunas casas derruidas, cementerios
arrasados y las carreteras que delimitaban sus márgenes.
El paso del tsunami borró unos 230 kilómetros de costa y destruyó más de
3.600 hectáreas de bosques, lo que dejó toneladas de escombros de
madera que, en esta zona de Miyagi, aparecen apiladas en kilométricas
montañas que hacen de barrera natural contra el viento y la arena al
cercano aeropuerto de Sendai.
En Natori, donde murieron más de 900 personas, el bosque separaba desde
hace cuatro siglos a la población del mar como una barrera que, durante
el tsunami, permitió a muchos residentes salvar sus vidas al debilitar
la fuerza y velocidad de la gran masa de agua.
"En el pasado no valorábamos el bosque, aunque con el desastre todos
comprendimos lo importante que es tener esta barrera que ha estado
protegiendo nuestras vidas durante años", explica Eiji Suzuki,
colaborador de un proyecto para reforestar la costa a cargo de la ONG
japonesa OISCA.
El plan es plantar cerca de 500.000 semillas de pino negro japonés en la
costa de Miyagi para proteger la zona, transformar la tierra estéril en
campos fértiles de cultivo y dar trabajo a las comunidades de
afectados.
La casa del propio Suzuki, de 71 años, es una de las pocas que apenas se
mantiene en pie en varios kilómetros a la redonda, tras haber resistido
a duras penas las embestidas del mar y quedar en ruinas.
"Quiero que la casa permanezca así, como un recuerdo de lo que sucedió",
cuenta, mientras muestra una revista con imágenes de su casa tragada
por las olas.
La tarde del 11 de marzo él se encontraba en un hospital cercano cuando
sintió el gran terremoto de 9 grados y decidió regresar a su vivienda
para comprobar si su familia se encontraba a salvo.
Durante el trayecto no escuchó la alerta de tsunami y, al bajar del
coche para entrar en la casa, apenas tuvo tiempo para ver el mar abrirse
paso violentamente entre los árboles.
Él salvó su vida al buscar refugio en el vecino aeropuerto: "Si no
hubiera sido por el bosque, el tsunami habría sido mucho más
destructivo", explica Suzuki, que encontró a su familia tres días
después de la tragedia.
Las olas, que según afirma avanzaban a unos 100 kilómetros por hora, no
solo arrasaron viviendas y fábricas sino también cerca de 10.000
invernaderos del lugar, fuente de ingresos para la mayor parte de los
vecinos.
Kiyoshi Mori es uno de los agricultores que cultivaba en el barrio
devastado de Kitakama, en Natori. Ahora ha decidido empezar de cero y
crear, con varios compañeros, una pequeña empresa agrícola.
Con ayudas del Gobierno, levantaron en diciembre cuatro invernaderos a
unos 15 kilómetros de las zonas arrasadas, en unas tierras abandonadas
donde empiezan a ver sus primeros resultados.
"Lo perdimos todo: Dinero, maquinaria, nuestras tierras, las casas.
Ahora se tardará cuatro o cinco años en retomar la vida donde estábamos
y, sin el bosque, no será posible volver a cultivar", asegura Mori, que
no obstante mira al futuro con optimismo.
Al norte de Sendai, en pequeñas localidades pesqueras como la de Ozashi
el puerto muestra un aspecto renovado y los primeros barcos se echaron
de nuevo a la mar hace apenas cinco días.
"Hace un año nadie podía pensar que ahora estaríamos trabajando de
nuevo", dice Katsuya Sasaki, un recolector de algas de 55 años de este
coqueto puerto cubierto por la nieve, donde un gran cartel añejo alerta
del riesgo de tsunami.
En Ozashi solo tuvieron que lamentar la muerte de un anciano que no
logró escapar de las olas, ya que "el instinto" llevó a los vecinos a
resguardar los barcos y correr a las montañas cuando escucharon la
alerta de tsunami, lo que no impidió que un tercio de la flota pesquera
quedara destruida, relata Sasaki.
Aunque la pesca comienza a revivir
poco a poco, un año después del tsunami todavía faltan almacenes y
maquinaria para procesar las capturas, por lo que son muchos los que,
ante la falta de oportunidades, deben dejar la zona para buscar otras
salidas. EFE
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