Entre los tesoros de la tumba de Tutankamón
que se pueden admirar en el Museo Egipcio de El Cairo se encuentra una
joya excepcional. Lo es porque uno de sus adornos está creado con un
elemento mineral todavía más raro y escaso que el diamante. Se trata de
un collar en el que destaca un escarabajo sagrado tallado en un cristal
traslúcido de color verdoso. Solo hay un lugar en toda la Tierra donde
pueda encontrarse ese tipo de cristal. Está a cientos de kilómetros al
suroeste de lo que fuera el centro del imperio faraónico, en un valle
remoto del Gran Mar de Arena: un desierto dentro del desierto del
Sáhara, un infierno dentro del infierno. Ese era el destino que había
elegido para llevar a cabo una de las aventuras más extraordinarias de
cuantas hemos vivido.
Segunda entrega de una serie dedicada a las expediciones emblemáticas
del programa de Televisión Española Al filo de lo imposible. Su creador
narra el recuerdo de aquellos hitos. Consulta la primera entrega.
Corría el mes de diciembre de un año extraordinariamente convulso. El atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid
y el ambiente siempre revuelto en el norte de África no aconsejaban
viajar a países árabes. Pero hacía tiempo que la decisión estaba tomada.
Muy pronto nos convertiríamos en nómadas, algo bastante extraño en un
mundo globalizado que, definitivamente, ya los ha desterrado. Nos íbamos
a internar en un espacio yermo, pero de extraordinaria belleza, que se
extiende desde orillas del Mediterráneo hacia el sur, hasta el lugar
donde unas líneas artificiales hicieron confluir las fronteras de Libia,
Egipto y Sudán.
El punto de partida de nuestra
expedición fue el oasis de Siwa, donde se encontraba el legendario
oráculo de Zeus Amón, tan importante en su época como el de Tebas.
Aunque era el lugar ideal para llevar todos los materiales necesarios y
comenzar la travesía, en realidad lo que más influyó en esta elección
fue la historia que allí comenzó un joven macedonio ávido de gloria
inmortal. En Siwa, ocultas entre miles de palmeras, encontramos las
ruinas del templo que acogiera al famoso oráculo que Alejandro Magno quiso consultar antes de conquistar el imperio persa.
En este lugar, aquel joven, llamado a cambiar el mundo, confirmó lo que
tanto anhelaba: ser reconocido como hijo de la divinidad. Solo entonces
Alejandro partió para derrotar a Darío y luego, sin aparente lógica, se
lanzó hasta el fin del mundo conocido, llevando la influencia
helenística hasta los actuales Pakistán, India y Afganistán. Pero además
Siwa y su oráculo también desempeñaron un papel clave en una tragedia
de gigantescas proporciones de la que dio cuenta el historiador
Heródoto. Al parecer, un ejército persa de 50.000 hombres enviado por el
rey Cambises se dirigió hacia Siwa en el año 520 a. C. con la intención
de destruir el templo. Pero antes de llegar, según cuenta el
historiador griego, “… brotó una borrasca de viento de mediodía que,
levantando las montañas de arena, les dejó debajo, enterrados, y así desaparecieron todos”.
Este desierto, capaz de
tragarse un ejército entero, era el elegido para adentrarnos en una
travesía a pie sin retorno. El itinerario, estudiado durante varios
años, era el mismo, aunque en sentido contrario, al seguido por Gerhard
Rohlfs, el único que lo había logrado recorrer hasta entonces. El
explorador alemán había llegado al oasis de Siwa, con sus últimas
fuerzas y provisiones, en febrero de 1874 tras una peripecia que casi le
cuesta la vida. Desde entonces habían pasado 130 años y nadie había
vuelto a realizar esta travesía.
Aquella primera noche a la
puerta del desierto recordé los tres años que había dedicado a preparar
la aventura. Los nativos del Sáhara acostumbran a decir que en el
desierto el azar siempre juega en tu contra, que no se puede cometer un
error, pues probablemente sea el último. Y lo había tenido muy en
cuenta. Cuatro amigos experimentados en otras aventuras, 7 beduinos
expertos y 20 dromedarios seleccionados entre los mejores ejemplares en
los oasis de Dakhla y Farafra que cargarían con el agua, equipo y
comida. Eso era todo lo que necesitaba para internarnos en uno de los
espacios más áridos y estériles de la Tierra. Nos encontrábamos en el
último reducto vegetal a las puertas de uno de los desiertos más
extremos del mundo. Théodore Monod, el gran conocedor del Sáhara, dijo
que había que entrar en el desierto con la solemnidad con la que se
entra en un templo. En unas horas nos pondríamos en marcha y ya no
habría vuelta atrás. Estaba conmovido y preocupado. Esa excitación que
precede a momentos de gran incertidumbre. Lo que nos sucede siempre, nos
sucede dentro; lo que nos conmueve, nunca se nos olvida; aquello que
conseguimos con esfuerzo nos hace mejores. Después de varias horas de
insomnio y cavilaciones, me digo que ese es, precisamente, el sentido de
estar aquí.
Muy temprano nos ponemos en
marcha. Tardamos dos horas en ordenar las cargas y repartirlas en los
dromedarios. Comenzamos a adentrarnos en un espacio salvaje de aridez
extrema y ausencia de límites. Imponentes cordilleras de dunas móviles,
apoyadas unas en otras semejando lomos de gigantescas ballenas, se
extienden de norte a sur, en la dirección de los vientos dominantes.
Todos realizaremos el trayecto caminando, pues solo llevamos el número
de camellos imprescindibles para la carga. Marcamos el rumbo con la
brújula y muy pronto los palmerales verdes y los lagos turquesas de Siwa
no son más que manchas difuminadas a nuestras espaldas. Hemos elegido
la época del otoño más cercana al invierno porque, a pesar de las pocas
horas de luz, las temperaturas son las mejores para realizar un intenso
esfuerzo físico.
Caminamos durante cinco horas
siguiendo la marcha de la caravana de dromedarios. Procuramos llevar un
ritmo vivo, entre cinco y seis kilómetros a la hora, a veces nada fácil
en las zonas en las que nos hundimos en la arena por encima de los
tobillos. En numerosas ocasiones la caravana se desperdiga a lo largo de
kilómetros, pero al mediodía nos reagrupamos, nos protegemos del viento
con los camellos y hacemos una parada de media hora para comer una
manzana, un puñado de frutos secos y algo de jamón. Luego caminamos
otras cuatro horas. Antes del atardecer nos ponemos a buscar un lugar
entre las dunas para montar las tiendas. Al terminar esta labor aún
quedan otras tareas: organizar las cargas; “lavarnos” con un pequeño
espray pulverizador, que nos recuerda cuán preciosa es aquí el agua;
cocinar la cena, escribir el diario, apuntar las coordenadas en el mapa
y, por fin, tener unos minutos para uno mismo. Entonces me alejo del
campamento o me subo a una duna a ver el desolador horizonte. Observando
este hermoso paisaje, que tanto esfuerzo exige, me siento aplastado
bajo esta soledad buscada, mientras las colinas arenosas se vuelven de
un luminoso rojo anaranjado con las últimas luces del día. En ese
momento, los cambios de temperatura son tan intensos como rápidos. Es la
fiesta de los colores en el desierto, cuando se inunda de púrpuras,
dorados, rojizos y rosados hasta que el negro de la noche abraza este
océano mineral.
Comenzamos la jornada al
amanecer, cuando todavía es de noche y la temperatura no supera los cero
grados, sacudiendo las tiendas cubiertas de una ligera escarcha. Pero
en cuanto el sol se enseñorea del horizonte, los dígitos del termómetro
comienzan a galopar hacia arriba, llegando incluso a superar los 45
grados aunque estemos en diciembre. Gracias a la experiencia adquirida
en el desierto del Taklamakán cuatro años antes, hemos calculado unos
cuatro litros de agua necesarios por persona y día, y a ese cálculo nos
debemos someter por más que el calor, el viento y el ritmo de la marcha
requieran algunos días más líquido con el que reponernos. Los
dromedarios aguantan sin beber entre los dos lugares donde encontraremos
agua para rellenar los bidones y que son nuestros puntos obligados de
paso. Comemos sentados en la arena y nos repartimos las tareas de
cocina. El desierto impone austeridad de medios. Es la adaptación a lo
mínimo, a lo esencial. Los primeros días se hacen muy duros. Tengo
rozaduras en los pies y llego exhausto al final de las jornadas. Pero
muy pronto este paisaje implacable nos moldea a su imagen y semejanza,
haciéndonos insensibles a los propios sufrimientos. Adaptarse y
comprender un desierto tan inhóspito requiere tiempo, paciencia y
tenacidad; se aprende poco a poco, caminando día tras día.
Esta atracción por lo
elemental, por los espacios desnudos, trae a la memoria el recuerdo de
un gran explorador de este desierto: el conde Almásy. Este húngaro, amante de la aviación, de los coches y del Sáhara, fue el protagonista de la muy oscarizada película El paciente inglés.
Durante la II Guerra Mundial, Almásy participó activamente del lado
alemán, introduciendo dos espías en zona británica. Pudimos encontrar
restos de esa guerra librada en el desierto por aquellos hombres que
poco antes habían sido colaboradores de las mejores exploraciones del
Sáhara. Se trataba de un vehículo militar perteneciente a las famosas
Ratas del Desierto. Así se conocía a una unidad creada por los
británicos para luchar contra las fuerzas de Rommel, el famoso Zorro del Desierto, por el control de la frontera entre Egipto y Libia.
Almásy estuvo realizando
exploraciones al oeste de Egipto desde la década de 1920, atrapado por
la fascinación de “la gran soledad” como una vez llamó al desierto que
tanto amaba. Se adentró en él, ya fuera en coche o avioneta, buscando
los restos sepultados del ejército de Cambises bajo la arena o en busca
del enigmático Zarzura, “el oasis de los pajarillos”. Almásy, al que los
beduinos llamaban Abu Ramla, “padre de las arenas”, no encontró Zarzura
(o quizá si, en los restos de vegetación de lo que un día pudo serlo),
ni tampoco al ejército de Cambises, pero lo que logró fue un asombroso
descubrimiento: la cueva de los Nadadores. En la zona de Gilf el Kebir,
pintado en las paredes de dos abrigos, se halla un mundo para siempre
perdido: el Sáhara que bullía de vida. Estas hermosas pinturas han sido
llamadas “la Capilla Sixtina del arte rupestre africano”, y son la
prueba palpable de nuestra vulnerabilidad, la constatación de que apenas
una variación de unos pocos grados nos harían desaparecer de la Tierra
como ya ocurrió allí. Pero al tiempo es también un recordatorio de que,
como escribió Shakespeare, “somos de la misma sustancia de los sueños”,
de nuestra afición a contar historias al amparo del fuego, como también
hicimos nosotros en una noche estrellada observando las pinturas de
aquellos artistas prehistóricos.
Después de varias semanas
caminando, hacemos una pausa para desviarnos en busca del misterioso
vidrio verdoso de la joya del faraón. Nuestra llegada al valle del
cristal de sílice coincide con una violenta tormenta que convierte las
arenas en mieses rojizas mecidas por el viento. Es una visión fascinante
y que, al tiempo, inspira pavor. Tenemos la fortuna de ver el desierto
en estado puro. Nos tenemos que cubrir por completo porque los granos de
arena actúan como perdigones y el viento nos golpea sin cesar con
bocanadas de arena que se cuelan por cada rendija de la ropa, por la
nariz y los ojos. Resulta increíble pensar que alguna caravana en la
época de los faraones fuese capaz de llegar hasta aquí persiguiendo una
piedra preciosa con la que se elaboró el enigmático adorno de
Tutankamón. El cómo se formó es también cuando menos asombroso. Según
algunos expertos, esta roca es fruto de la explosión de un meteorito
hace 28 millones de años. El increíble calor y la presión que generó el
impacto fundieron literalmente las piedras de sílice, dando lugar a una
roca única en el mundo: el cristal líbico, que ahora tenemos en las
manos.
Cuando nuestra caravana reanuda
la marcha, vivimos la jornada más extraña de todas. Durante varias
horas caminamos sumergidos en una densa niebla que borra cualquier punto
de referencia y nos obliga a abandonarnos al sueño de una navegación
con la brújula que, más que nunca, nos hace estar perdidos en un océano
de arena. Durante muchos meses y decenas de veces he recorrido con el
dedo “nuestra” línea sobre el mapa, pero es ahora, en esta vasta
extensión desolada, cuando lo imaginado se hace realidad y los fantasmas
de todos esos exploradores y amantes del desierto, Rohlfs, Almásy,
Monod, se difuminan en los jirones de niebla que el viento se lleva. En
casi todas las grandes aventuras he vivido sensaciones parecidas, de
plenitud y agradecimiento a la vida. De felicidad, emociones y esfuerzos
compartidos con buenos amigos. Además, aquí es cuando valoro las
dimensiones reales del Gran Mar de Arena, lo mismo que anteriormente me
ha ocurrido en grandes montañas o en otros espacios desolados. Por sí
mismos son grandes, inmensos, pero solo se vuelven grandiosos cuando los
medimos a escala humana.
El 8 de diciembre alcanzamos
una gran extensión de arena salpicada de fósiles marinos bautizada como
Ammonites Hills. En realidad caminamos sobre el fondo del mar. En el
Sáhara, el subsuelo está a la vista, sin plantas ni agua que lo cubran,
mostrándose como un libro abierto en el que puede leerse directamente.
Nos detenemos para observar los esqueletos de estos moluscos que tienen
la estructura de algunas de esas naves espaciales que aparecen en las
películas de ciencia ficción. Poco antes de acampar nos encontramos unos
restos óseos de la mandíbula de un camello desperdigados en la arena.
Estamos en uno de los lugares más inaccesibles del Gran Mar de Arena,
por lo que deducimos que debieron de pertenecer a alguno de los animales
que Rohlfs perdió por el camino en su desesperada carrera por salir del
desierto.
Cuatro días más tarde llegamos
al más famoso hito de piedras del Sáhara, el que levantó Rohlfs en este
lugar que bautizó como Regenfeld, “campo de lluvia” en alemán. Este
curioso aventurero romántico y anticlerical se había enamorado del
desierto durante su estancia en Argelia como soldado de la Legión
Extranjera. Su aventura de explorar el Gran Mar de Arena se inició en el
oasis de Dakhla, adonde arribó con una imponente expedición de 105
camellos y 95 personas, con la intención de llegar hasta el oasis de
Kufra, hoy en territorio de Libia. Pero apenas habían recorrido 200
kilómetros cuando ocurrió lo impensable en uno de los lugares más áridos
de la Tierra. Durante 55 horas estuvo lloviendo de manera torrencial,
en un lugar en el que lo hace una vez cada cien años. Rohlfs aprovechó
para llenar sus bidones y comprendió que, si seguía el itinerario que
tenía en mente, muy probablemente morirían todos, así que optó por girar
90 grados y dirigirse al norte, al oasis de Siwa, en una carrera a la
desesperada durante la que estuvieron a punto de perecer y en la que
perdería varios camellos. Rohlfs dejaría una botella enterrada con una
nota en la que se preguntaba cuánto tiempo pasaría hasta que alguien la
recogiera. Pasaron 50 años antes de que volviese a este lugar un ser
humano. Era el príncipe egipcio Kamal el Din, el mecenas de Almásy, que
recogió la nota de Rohlfs y apuntó, con cierto laconismo, que este
paisaje era “lúgubremente impresionante”.
A partir de Regenfeld el
desierto se vuelve más laberíntico, como islas reductos de antiguos
mares que moldearon el paisaje hace cientos de millones de años. Todo
sigue siendo una incógnita aunque el final lo tengamos más cerca y ya no
nos duelan los pies. Para entonces ya solo somos animales adaptados a
caminar, añorando una cama, un baño, una buena cerveza y un merecido
descanso. Como siempre ocurre en toda gran aventura.
Seis días después, el 18 de
diciembre, lográbamos llegar al templo de Dar el Haggar, el mismo lugar
desde donde partió la caravana de Rohlfs. El explorador alemán y sus
compañeros dejaron grabados sus nombres en las columnas que ahora
tenemos delante de nosotros. El tiempo es tan malo y la luz tan
miserable que apenas podemos filmar una pequeña secuencia y hacer dos o
tres fotos. Por fin hemos terminado y podemos dejar de caminar. Hemos
logrado repetir una aventura realizada 130 años antes, atravesar el Gran
Mar de Arena caminando, simplemente utilizando la única tecnología
durante siglos en la zona: una buena caravana de camellos. Hemos
recorrido más de 700 kilómetros y para ello he necesitado dar millón y
medio de pasos en 29 días. Nos abrazamos entre nosotros y también con
los beduinos que nos han regalado una de las mejores experiencias que he
vivido. Apenas estamos unos minutos, pero han sido unos de los más
intensos y felices.
Quizá la respuesta a muchas
preguntas, que solo se encuentran en el impulso indómito que late en
nuestro corazón y en nuestra cabeza, nos la dio Almásy, uno de los
últimos exploradores románticos del siglo XX. A este hombre le debemos
una de las reflexiones más bellas sobre los desiertos y que explica el
impulso que me llevó a recorrer el Gran Mar de Arena: “Amo el desierto.
Amo la llanura infinita que centellea en el reflejo de los espejismos,
las cumbres rocosas resquebrajadas, las cadenas de dunas semejantes a
olas petrificadas. Y amo la vida sencilla y dura en campamentos
primitivos, tanto en las noches claras y estrelladas en medio de un frío
cortante como en la punzante tormenta de arena”.

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