Federico Engels dice: “No debemos lisonjearnos demasiado de
nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de
nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos. Es cierto que
todas ellas se traducen principalmente en los resultados previstos y
calculados, pero acarrean, además, otros imprevistos, con los que no
contábamos y que, no pocas veces, contrarrestan los primeros.” Sin duda,
en esta década las consecuencias del cambio climático, que en general
no son previstas por el sistema económico, constituyen los eventos que
se presentan y “contrarrestan” los efectos positivos iniciales
El proceso de transformación
Siempre hemos afirmado que el concepto de calidad de vida, como la
categoría más compleja para acercarnos a un determinado nivel de
bienestar, debiera servirnos como estímulo para crecientes
investigaciones interdisciplinarias que nos permitan articular el
conocimiento, con el objetivo de alcanzar una mayor calidad en los
proyectos. La urgencia de estos estudios está dada en que si no se
esclarece su objetivo, poco podremos orientar los trabajos. Al finalizar
este ensayo proponemos una definición operativa, pero antes trataremos
de demostrar que en condiciones de cambio climático se torna más
importante esta definición, ya que los márgenes de error se reducen
sustancialmente y los caminos de libertad por los que podemos transitar
son cada vez más estrechos. Ante tal situación, la imaginación social
tiene que aumentar y la solidaridad humana hacerse más intensa.
Definimos la cuestión ambiental como la interrelación
sociedad-naturaleza en la continua transformación de los ecosistemas y
tecnosistemas, en función de elevar la calidad de vida. En nuestro
sistema económico y social esta interrelación se orienta, esencialmente,
según la racionalidad económica y genera contradicciones que son parte
del ámbito del estudio entre esta finalidad y el logro de una mejor
calidad de vida. Esta categoría, junto con el buen vivir, debe ser
definida teniendo en cuenta estas contradicciones y la lucha permanente
para superarla. En condiciones de cambio climático la participación
comunitaria debe controlar y reorientar los procesos por la reducción
referida de los márgenes de error tolerables.
La interrelación sociedad-naturaleza conforma un todo integrado. En
ambos conceptos se dan los principios de la unidad y la diversidad. En
cierto sentido, todo es naturaleza, con diferentes grados de evolución.
Pero, en otro sentido, todo es sociedad, ya que la comprensión de
nuestra realidad exterior depende de nuestras propias sapiencias e
ignorancias y, por tanto, es un conocimiento social, histórico y
cambiante. Pero también existe la diversidad dada por el grado de
complejidad de evolución material. La naturaleza está mediada
socialmente y las relaciones sociales se dan en una estructura natural a
la que modifica y por la que son modificadas. El saber ambiental
necesita reformular los avances que han realizado las diferentes
ciencias. Por ello, cuando nos referimos a la sociedad, utilizamos la
categoría de estructura económica y social; cuando nos referimos a la
naturaleza, empleamos el concepto de ecosistema, agroecosistema y
tecnosistema; y cuando nos referimos al proceso de transformación,
analizamos el proceso de producción, distribución, cambio y consumo,
desde un ángulo ecológico, económico y social.
Finalmente, cuando nos referimos a la población utilizamos los avances
realizados por la psicología social, por la antropología, por la
economía, sobre calidad de vida y la relación sujeto-objeto-necesidad, y
el proceso de satisfacción de estas, donde interactúan todas las
categorías anteriores (ecológicas, económicas y sociales). La mediación
social de la naturaleza tamiza el conocimiento de ella y más aún los
cambios que se experimentan debido a los cambios climáticos. En esta
situación los sectores y países de altos ingresos pueden prever sus
acciones con mayor facilidad, minimizar los impactos negativos y
aprovechar los positivos. Esto constituye, sin duda, un factor
discriminatorio que la cooperación internacional en la materia no logra,
de ninguna manera, balancear.
El proceso de transformación que una estructura económica y social
genera en los ecosistemas puede ser visto como un conjunto orgánico de
seis momentos. En definitiva se trata de la forma en que las personas,
integradas en sociedades, utilizan la naturaleza para satisfacer sus
necesidades, empleando un instrumental y una plataforma física y
simbólica, en un momento y lugar determinado y con relaciones sociales
determinadas (2). En un único hecho productivo operan coincidentemente
un proceso de construcción (o producción)-destrucción (o degradación,
cuando se rebasa la capacidad de carga de los ecosistemas),
aprovechamiento-desaprovechamiento, y uso integral-dilapidación. La
misma relación dialéctica y de unidad y diversidad se da entre las
categorías producción, distribución, cambio y consumo, como luego
veremos.
Consideración conjunta del proceso producción-destrucción
Todo acto de producción supone, en otro sentido, un acto de destrucción. Así:
a) En la producción de materias primas
Para utilizar un árbol, el hombre destruye al extraerlo diferentes
plantas, daña a otros árboles, al suelo y obviamente al propio árbol; lo
mismo sucede en la extracción de fauna terrestre y acuática. Según las
técnicas y formas de aprovechamiento que se utilicen, el proceso será
más o menos cruento. Los procesos de erosión y desertificación son otras
muestras evidentes. Esta destrucción puede ser absorbida por la
capacidad homeostática del sistema natural o, debido a su intensidad,
rebasar la capacidad que tienen los sistemas naturales de absorber
ciertos cambios sin destruir las bases de su sistema. Cuando ocurre esto
último, se cambia de sistema. El problema radica en que estos cambios
muchas veces no son queridos y, por lo general, son imprevistos y
reducen la potencialidad global del sistema. En una referencia muy clara
y poco conocida sobre este proceso, Federico Engels dice:
“No debemos, sin embargo, lisonjearnos demasiado de nuestras victorias
humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros por cada una de
las derrotas que le inferimos. Es cierto que todas ellas se traducen
principalmente en los resultados previstos y calculados, pero acarrean,
además, otros imprevistos, con los que no contábamos y que, no pocas
veces, contrarrestan los primeros.” (3)
Sin duda, en esta década las consecuencias del cambio climático, que en
general no son previstas por el sistema económico, constituyen los
eventos que se presentan y “contrarrestan” los efectos positivos
iniciales.
b) En la producción del hábitat y de la infraestructura
En forma directa o indirecta, la artificialización del hábitat y la
infraestructura en función de las necesidades humanas implica un típico
proceso de destrucción-construcción. En estos actos las particularidades
específicas del ecosistema frecuentemente no son consideradas en todos
sus aspectos, por lo que se generan repercusiones negativas, también
muchas veces no previstas ni queridas, pero presentes. Esto trae como
consecuencia problemas en el costo del posterior mantenimiento, o en la
generación o agravamiento de procesos de degradación natural. En la
situación del cambio climático esto llega con frecuencia a situaciones
catastróficas, para las cuales se argumenta la condición de
excepcionalidad por falta de antecedentes. Pero lo que comúnmente no se
evalúa es que las condiciones ya han cambiado y es posible, con cierto
margen de error, prever sus efectos.
c) En la producción industrial
Todo proceso productivo de transformación de la materia, destinado a que
esta adopte cualidades adecuadas para satisfacer necesidades humanas,
va unido al uso del ambiente natural —como condición de la producción—,
al que el hombre puede contaminar y del que utiliza algunos elementos y
desecha otros.
Una acción ambiental adecuada debe considerar en forma conjunta dicho
proceso, tratando que lo productivo se maximice y que lo destructivo se
minimice. La no consideración conjunta ha dado lugar a diversos
perjuicios.
En primer lugar, el error más generalizado y evidente es asumir los
criterios productivos sin analizar los aspectos de destrucción asociados
a la producción. Las estadísticas manifiestan este error (4). El
producto bruto suma todas las actividades de producción, sin descontar
la destrucción que ellas causan. Pero es un error sistémico a la forma
que adopta la reproducción económica. La disposición de los residuos es
la continuidad del proceso productivo con el agravante que una parte
importante de esa disposición, en forma de GEI, se difunde por el mundo y
afecta a la población mundial y no solo a los países que lo generaron.
Por tanto, buena parte de la producción del Norte es una producción
inconclusa que la finaliza el Sur, el cual sufre los efectos del
rebasamiento de la capacidad de carga.
En la producción agrícola el error es más patente. En ella se considera
la productividad de la tierra evaluada, en general, en toneladas de
producto/hectárea sin contrastar este indicador con el de pérdida de
suelo por erosión y/o el del balance de nutrientes
(extracción/reposición), o el del agua utilizada, entre otros.
Lo mismo sucede con el proceso que redunda en la contaminación de agua,
suelo o aire, con lo cual generan la destrucción del hábitat o de la
infraestructura. Esta simplificación de considerar la producción sin la
destrucción que generalmente conlleva impide evaluar los cambios
adecuados y necesarios para reducir al máximo estas consecuencias
negativas. Parte de esa destrucción está dada por la disposición de
residuos, y en el caso de residuos gaseosos el radio de destrucción
(contaminación) es mayor, pues estos cruzan los océanos.
Lamentablemente, muchas veces se ha reaccionado, y se reacciona aún,
cayendo en el otro extremo: considerar el proceso destructivo sin
evaluar la producción. Esto ha caracterizado, y caracteriza, parte de
los planteamientos ambientales. Bajo este criterio fueron creadas varias
administraciones ambientales que tratan aspectos destructivos tales
como la contaminación, la erosión, la destrucción de bosques y el
hacinamiento, sin la necesaria interrelación con los sectores que dieron
y dan origen a dichas destrucciones. Como lamentó la Comisión Mundial
de Medio Ambiente y Desarrollo, los “efectos” (la destrucción) han sido
considerados sin relación con las “causas” (la producción) (5). Una
acción ambiental adecuada debe considerar en forma sistémica ambos
aspectos. Se opone a esta visión sistémica la persistencia de los
criterios desarrollistas de corto plazo, que impulsa una administración
segmentada eficiente y obedecedora de la división del trabajo,
impidiendo una visión integral y sistémica. La lucha contra el cambio
climático exige esta visión de interacciones.
De la misma forma están ligados el proceso de producción y el del
consumo. La producción siempre es consumo de los elementos que se
requieren para generarla, y el consumo es siempre producción de los
elementos referidos (materia prima, combustibles, infraestructura) y
también de la fuerza de trabajo que se produce consumiendo los elementos
necesarios para nuestra vida.
Consideración conjunta del aprovechamiento y desaprovechamiento
El proceso de transformación utiliza elementos de la naturaleza en forma
selectiva y desecha otros. En la relación de las personas con la
naturaleza se ha desarrollado una capacidad selectiva que ha llevado a
considerar solo unos cuantos elementos como recursos naturales. En las
comunidades originarias el conocimiento de los elementos naturales y la
selección de los mismos eran, y son en la actualidad, procesos
esencialmente naturales, pero a partir de la división nacional e
internacional del trabajo esta división fue influida y determinada por
los intereses de la reproducción mundial en cada etapa. Los avances de
la ecología van demostrando que existen grandes potencialidades en los
recursos llamados “desapercibidos”, en general, y en las fuentes
energéticas alternativas, en particular, los cuales podrían ser
utilizados integralmente en función de las necesidades de los pueblos.
Los drásticos cambios en el clima introducen factores de riesgos y de
potencialidades. El problema es que, en general, los efectos negativos
que nos afectan se producen, mientras que los positivos se desperdician.
La variabilidad del régimen de las cuencas hidrográficas y la no
aplicabilidad de la memoria campesina van conformando una situación de
mayores riesgos.
Asimismo, la generación de residuos podría proporcionar una materia
prima que hoy no se utiliza integralmente. Las acciones y proyectos
ambientales requieren enfatizar en el desaprovechamiento, pero uniendo
esta consideración con la de los demás elementos que constituyen la
dimensión ambiental.
De igual forma, la producción no siempre se aprovecha. Una parte no lo
hace porque no es funcional al proceso de valorización, y otra por la
tecnología prevaleciente que solo utiliza aquellos elementos que ganan
ventaja comparativa a nivel nacional o mundial, y no todos los elementos
que pueden satisfacer necesidades humanas. El manejo integral de los
recursos naturales podría procesar una riqueza mucho mayor, pero no lo
hace en función de que el aprovechamiento de la diversidad muchas veces
no es funcional en el corto plazo a la valorización del capital, como
veremos en el próximo punto.
Consideración conjunta del uso integral y la dilapidación en el cambio climático
Una vez que se extrae el recurso natural, puede utilizarse integralmente
o solo en cierta proporción. En América Latina se evidencia en la
práctica un uso muy restringido y una gran dilapidación; en los árboles,
en los peces, en los frutos, en las cosechas y en el uso de la energía,
se genera una significativa proporción de desechos. Es una forma de
desaprovechamiento, pero muchas veces media una pretendida
inexorabilidad tecnológica. Cuando estudiamos los procesos, encontramos
muchas alternativas menos dilapidadoras. Nuevamente las poblaciones
originarias nos dan muestras de ejemplos distintos. Las condiciones de
cambio climático agudizan la necesidad de una consideración integral del
proceso de transformación.
Consideración del objetivo central: el proceso de transformación en
la lucha por una mejor calidad de vida en condiciones de cambio
climático
La situación del cambio climático renueva la discusión sobre el concepto
de calidad de vida. Siempre han sido las sociedades, supuestamente, más
desarrolladas o que se visualizaban como más desarrolladas, quienes
mostraban el objetivo y el camino que debían transitar las formaciones
sociales en las regiones, supuestamente, menos avanzadas. Sin embargo,
hace más de cuatro décadas venimos afirmando —los que participamos del
pensamiento latinoamericano sobre medio ambiente— que en la sociedad
“convivial” o sustentable a que aspirábamos ello no sería posible, no
solo por la no deseabilidad social sino también por los límites físicos
concretos que se operaban. Si toda la población de los países del Tercer
Mundo quisiera imitar al consumo de los países desarrollados, en
especial a los Estados Unidos, es imposible pensar que dicha población
podría disponer de una carga energética por habitante igual a la de ese
país. Sin embargo, los drásticos cambios sociales existentes, en
especial en China, han precipitado hoy una situación en la cual tratar
de lograr ese consumo manteniendo el consumo dilapidador en todo el
mundo desarrollado, sin cambios tecnológicos, supera con amplitud todos
los mecanismos reguladores del planeta y nos lleva a cambios imposibles
de absorber sin efectos negativos nefastos.
Por tanto, la imitación es imposible, pero, incluso, avanzar hacia ella
nos puede llevar no solo a conflictos, sino también a graves efectos en
la biósfera, donde los sectores y países de más bajos ingresos son los
principales perjudicados. Ello renueva la necesidad de plantearnos otro
tipo de calidad de vida y de consumo, distinto al que nos muestran los
países altamente dependientes de gastos de energía.
Es necesario recordar que el objetivo de satisfacer las necesidades
esenciales de la población y, más modernamente, elevar la calidad de
vida como categoría compleja e integral está explicitado desde el inicio
de las postulaciones ambientales. Pero la calidad de vida no puede
definirse sin la activa participación de la población en la resolución
de sus problemas ambientales. Es un concepto histórico y cambiante,
integrado a la cultura y a las aspiraciones específicas de cada grupo
social. Las condiciones de cambio climático inciden considerablemente
por la carga diferencial, en especial cuando estas diferencias se
manifiestan en el hábitat.
Muchos autores han dado definiciones del concepto de calidad de vida,
pero no se ha llegado a un consenso en su definición; solo se concuerda
en un aspecto: se trata de un constructo multidimensional. Sin embargo,
tampoco hay acuerdo en cuáles son las dimensiones a considerar.
Esto resulta así porque la calidad de vida no puede ser definida
“objetivamente”. Queda claro que el concepto se refiere siempre a una
percepción subjetiva que depende de la interacción del individuo y las
condiciones sociomateriales de existencia que conforman su cultura. En
los últimos tiempos, ha desempeñado un papel significativo la forma en
que se integra un hábitat específico a estas condiciones.
El modo de conocer la definición de “calidad de vida” de un grupo social
específico es realizar investigaciones teóricas básicas, donde se
determinen ciertas variables en juego, e investigaciones empíricas que
nos permitan identificar las distintas dimensiones del constructo para
dicho grupo. El modo en que cada grupo social define la calidad de vida
se sostiene en percepciones y evaluaciones de la realidad, aspiraciones y
valores que son propios de dicho grupo. Estas categorías se evidencian
en las producciones discursivas de los grupos, dado que no tenemos
acceso directo a las mentes de las personas, sino solo a sus discursos y
a sus prácticas. Actualmente se privilegian los métodos cualitativos de
investigación que nos permiten un acceso al discurso de los individuos y
grupos sociales, como medio de conocimiento de las percepciones,
representaciones, creencias y valores sociales que sostienen y que son, a
su vez, productoras y productos de sus praxis. Estos métodos nos
permiten acceder a los significados que tienen los objetos y situaciones
para las personas en los marcos de su vida cotidiana.
Sin embargo, es necesaria una postura crítica en el momento de indagar
las concepciones respecto a la calidad de vida de los grupos. Es
frecuente que las personas vinculen la noción de calidad de vida al
concepto de “nivel de vida” o “estándar de vida”, definido, en especial,
por la capacidad de consumir bienes y servicios. Incluso, es común
observar que, en grupos socialmente vulnerables, se prioriza la posesión
de bienes materiales superfluos sobre la satisfacción de necesidades
más básicas. Esta percepción de las necesidades y los valores no puede
ser comprendida al margen del análisis de las ideologías, en tanto
representaciones cargadas de poder que explican la hegemonía de ciertas
ideas que mantienen determinadas relaciones sociales, de acuerdo con
ciertos intereses dominantes en la sociedad. Asimismo, el concepto de
necesidad básica se presta a múltiples interpretaciones. Para un
trabajador rural argentino comer carne de vaca es una necesidad básica;
no hacerlo es una necesidad, más que básica, esencial, para el
trabajador hindú.
Los medios de comunicación social, por ejemplo, presentan estilos de
vida, objetos y relaciones (foráneos, nacidos en los países centrales)
superfluas, como deseables para todos los grupos sociales y estos pasan a
ser deseados por quienes están expuestos a su influencia.
En este punto adquiere relevancia la corriente denominada “análisis
crítico del discurso”, en tanto instrumento útil para lograr entender
mejor los mecanismos complejos a través de los cuales se transmite y
reproduce la ideología de quienes tienen el poder. El núcleo central del
análisis crítico del discurso es conocer cómo el discurso contribuye a
la reproducción de la desigualdad y la injusticia social. Nos basta
decir aquí que los discursos (socialmente circulantes) influyen sobre
las representaciones (valores, actitudes, creencias, percepciones,
ideologías) de los grupos y, a través de estas, sobre sus
comportamientos.
Lo mismo ocurre con la concepción de los problemas ambientales y del
cambio climático. Los países desarrollados tienen un énfasis especial en
remediar algunos aspectos de la degradación, mientras que el
pensamiento latinoamericano de medio ambiente se basa más en formas
alternativas de desarrollo.
Nuestros sintéticos indicadores del desarrollo no incorporaron los
efectos sobre la estructura social de este. Los indicadores del
desarrollo humano (6) iniciaron una fructífera incursión en un camino
que esperaba su profundización, que aún no llega.
Las contradicciones que se generan para lograr un proceso de
transformación que maximice el uso integral y la producción, y minimice
la degradación, el desaprovechamiento y la dilapidación en función de
elevar la calidad de vida de la población, constituyen en gran parte el
objeto de estudio de la cuestión ambiental, que se expresa tanto en los
conceptos como en las metodologías de acción.
El proceso de transformación se realiza según la racionalidad dominante
en América Latina de la formación económica y social, basada en la
máxima ganancia, y ello conlleva una tendencia que no solo no logra un
incremento de la calidad de vida, sino que, por el contrario, conduce a
un deterioro de esta y a una degradación de la naturaleza. Por lo tanto,
la valuación adecuada de la naturaleza debe adoptar elementos que
planteen la necesidad de la reproducción económica y social, y destaquen
coherentemente todos los elementos que puede ofrecer en forma
sustentable e integral a las sociedades.
Estos procesos afectan a la población directa e indirectamente al
generar problemas ambientales. Dichos problemas llegan a la población,
la cual los descodifica en forma diferencial, conformándose una
percepción ambiental determinada. Según la historia social de los
diferentes sectores sociales afectados, estos reaccionan en cierta
proporción y generan movimientos sociales y teóricos que intentan
interpretar los nuevos fenómenos. En otros casos, y durante mucho
tiempo, estos problemas eran “naturalizados” en el contexto social y no
había ningún tipo de reacción. Aún hoy, muchos grupos tienen una
concepción de los problemas ambientales, significándolos como problemas
“naturales” y desconociendo los procesos sociales que les dieron origen y
los mantienen. Esta desnaturalización de las afectaciones sobre las
personas —que promueve cambios importantes— se produce en el mismo
momento en que se dinamiza también lo esperable del comportamiento
natural ante los cambios que estamos viviendo.
Cuando existe una creciente demanda por parte de la población, y en base
a los sectores sociales expresados en el Estado, se pueden adoptar
ciertas políticas que, según el tipo de problema, ayudan a mejorar la
situación. El éxito dependerá del tipo de problema, de la composición
del Estado y de los intereses afectados. De esta forma se originan las
políticas ambientales.
La generación de los problemas ambientales ha sido permitida por una
estructura económica social y legal institucional que posibilitó que
ciertas actividades productivas y formas de ocupación del espacio
produjeran efectos perniciosos sobre la población. Los cambios
climáticos también se vieron acelerados por la presión humana cuya
actividad productiva rebasó la capacidad de carga de los ecosistemas. La
recomposición de estos, su corrección, está en directa relación con la
demanda de los sectores involucrados y con la importancia que los
sectores políticos, desde una sincera posición o ejerciendo la
demagogia, le van dando a la solución de estos problemas. Dicho de otro
modo, el incremento de la conciencia social respecto a la problemática
ambiental —con las consiguientes transformaciones en los comportamientos
ambientales y en las organizaciones sociales— es la vía para la
solución de la cuestión ambiental, hacia donde deben confluir los
estudios de las nuevas condiciones y un nuevo concepto de valorización
mucho más integral que ayude a la sustentabilidad.
De la transformación de la naturaleza a los problemas ambientales y de
estos a las demandas sociales y políticas, las relaciones entre estos
procesos van conformando la cuestión ambiental. Las postulaciones de
otra forma de desarrollo y de vida surgen de sus entrañas en una nueva
situación por el cambio climático.
La necesidad de la conceptualización de Estocolmo a Río y de Río hasta nuestros días
Iniciándose en la finitud de los recursos y la contaminación de las
grandes ciudades, pero llegando a la problemática de un desarrollo más
integral y a la conceptualización del ecodesarrollo, pareciera que la
Conferencia de Estocolmo (1972) coronó de éxito la posición de los
países en desarrollo. En efecto, la limitación temática impuesta por el
particular interés de los países desarrollados logró superarse para
incluir una parte importante de las postulaciones que en ese momento
sostenían los países del Tercer Mundo. Aunque no se canalizaron todas
las demandas de los movimientos sociales que dieron origen a la cuestión
ambiental en las proposiciones del ecodesarrollo surgidas en la
Conferencia, ambiente y desarrollo se trataron de armonizar
creativamente al impulso de las proposiciones de los países en
desarrollo. Asimismo, se logró celebrar la Conferencia de Comercio y
Desarrollo de Argelia, en l974, donde se declaró el Nuevo Orden
Económico Internacional, el cual no consiguió establecerse. Como siempre
ocurre, luego del esplendor literario de las grandes conferencias,
donde todos parecen honestos predicadores de una misma causa, el rumbo
concreto fue determinado por la orientación de los recursos financieros,
los grandes intereses en pugna que empezaron a disputar las reales
prioridades de los países centrales o, mejor dicho, de los intereses
económicos prevalecientes.
Los temas globales de ecodesarrollo, de estilo de desarrollo y medio
ambiente, si bien continuaban presentes en el programa de acción del
naciente PNUMA, fueron ocupando los últimos espacios en las prioridades
temáticas y, obviamente, en el financiamiento.
Los movimientos sociales que conformaron el movimiento ambiental
continuaron, sin embargo, con su prédica y la temática se fue
difundiendo en todos los niveles a la par que gran parte de las
contradicciones destacadas anteriormente se agravaron. La degradación y
el desaprovechamiento corrían con ventaja respecto a las tímidas medidas
adoptadas para la preservación del ambiente, mientras que el destino
social del aumento de la producción no mejoraba la calidad de vida de
los pueblos. Los niveles de concentración se mantenían e incluso se
acentuaban. Los aportes de las poblaciones originarias comenzaban a
aparecer como más evidentes y su postergación y olvido dejaron de
naturalizarse. En 1995 elaboramos para la FAO, junto con el ingeniero
Gallo Mendoza, un documento de trabajo para los gobiernos donde
—utilizando la metodología de las cuentas patrimoniales (que había
elaborado en coordinación un grupo de compañeros, en 1988)— estimamos
para un caso demostrativo como la producción de papa en los andenes
incaicos, la deuda ambiental generada por el papel de las poblaciones
originarias en la domesticación de las especies a partir de los costos
de manejo. Partimos de la base de que esta domesticación no se incluía
en el precio del pago del producto. Las poblaciones comían el tubérculo,
pero el producto de su coevolución que posibilitó producir papa a nivel
del mar y su domesticación no fue pagado y sí muy utilizado. El
resultado de ese cálculo nos mostró que una real compensación para las
poblaciones originarias suponía una proporción muy alta de los ingresos
actuales por este tubérculo.
El proceso de descontaminación que se aceleró tomó esencialmente los
países desarrollados y los mares que les eran importantes, es decir, el
Mediterráneo.
Los nuevos procesos
El desarrollo y la sustentabilidad
Sobre estas tendencias y las nuevas contradicciones que genera la
revolución científica y técnica se desarrollaron algunos procesos
vinculados al concepto de desarrollo sustentable. Brevemente,
quisiéramos mencionar aquí algunas de las principales características de
este proceso.
Lo ambiental se despojó de la marginalidad con que había sido relegado
por muchos años, pero su nueva ubicación en la atención central de
muchos de sus subtemas requiere, para mantenerse, pagar algunos costos.
De hecho, se está operando un intento de vaciamiento de sus
potencialidades renovadoras. De esta potencialidad renovadora pasa, en
ocasiones, a constituir un buen argumento para vender productos
supuestamente mejores desde el punto de vista ambiental. Sin rechazar
cualquier camino, es indudable que necesitamos avanzar con más urgencia
hacia una profundización conceptual, en especial en su relación con la
economía y las ciencias sociales.
La prioridad que plantearon los países desarrollados para la celebración
de otra Conferencia Mundial (la de Río de Janeiro) se centró en la
necesidad de atender a los efectos más perniciosos que atentan contra la
estabilidad global de la biósfera. El calentamiento global, el cambio
climático, la reducción de la capa de ozono y la pérdida de la
biodiversidad, son los nuevos temas privilegiados veinte años después.
Algunos hechos significativos habían ocurrido para justificar tal
actitud. Los profundos cambios tecnológicos reestructuraron los sectores
y la demanda de recursos naturales. No solo resultó diferente en cuanto
a la calidad por la aparición de nuevos materiales, sino con tendencias
contradictorias en cuanto a la cantidad. Por un lado, los nuevos
materiales exigían relativamente menos recursos naturales. Por otro
lado, se requería cada vez mayor derroche de recursos por las
estrategias seguidas para mantener un nivel de producción. Cada vez los
productos son más símbolos y desechos, para las mismas unidades de
satisfactores.
La crisis estructural que atravesaban los recursos naturales se vio
agravada aún más y determinó el mayor interés de los países
desarrollados por las funciones ecosistémicas de nuestros recursos,
buscando bacias de un “desarrollo sustentable”, es decir, el contrario
al que ellos siguieron y siguen, y que ahora, para la “salvación de la
humanidad”, no solo no debemos imitar, sino también contribuir a
balancear sus tendencias degradantes a nivel global. Lo contrario, según
sus argumentos, significaría la destrucción del mundo.
Al mismo tiempo, deciden reestimular el éxodo de empresas contaminantes
del Norte hacia el Sur, en un estímulo mayor que comenzó hace muchos
años, pero que no había tenido el impulso del Norte para su expulsión
del hábitat de los países desarrollados. Por su parte, análisis
económicos justificaban este corrimiento en base al costo comparativo de
lo que “vale la contaminación en uno y otro hemisferio”. En realidad,
es el mismo argumento por el cual se muestra que sale mucho más
económico captar carbono en nuestro continente que captarlo en los
países desarrollados. Por supuesto, sale mucho más barato que reducir
las emisiones industriales, lo cual resulta, a fin de cuentas, la única
salida válida en forma permanente.
La discusión sobre la sustentabilidad del desarrollo ha permitido
incorporar la confluencia de un espectro mayor de demandas que hace
veinte años, y se puede afirmar que no ha quedado excluida ninguna
expresión de la ciencia, el arte y la técnica. Se trata de una
profundización de las mismas postulaciones, pero que ha logrado
demostrar la crisis de nuestra civilización y la necesidad de emprender
un camino diferente y, lo que es más importante, ha logrado plasmar
proposiciones de cambio en base a los acuerdos de las Organizaciones No
Gubernamentales. Al mismo tiempo, a expensas de la revolución científica
y técnica, las ventajas comparativas basadas en la especificidad de
nuestros ecosistemas están en plena crisis —en base, especialmente, a
los avances de la biotecnología y la difusión de la automatización y
robotización— y están agudizando sustancialmente el carácter marginador
de nuestro estilo de desarrollo. La búsqueda de un nuevo estilo de
desarrollo no es ya patrimonio de la búsqueda voluntaria de los
renovadores sociales, sino condición de existencia de las grandes masas
de población. La condición del cambio climático aporta elementos
fundamentales para mostrar la gravedad de la actual situación.
Los gobiernos han incorporado organismos responsables de lo ambiental a
sus estructuras institucionales y han firmado la llamada “Agenda 21”,
donde se incluyen compromisos en temas de significación y se adoptan
acuerdos respecto a los plazos de los cambios necesarios. Pero
nuevamente las prioridades vienen fijadas según el interés de los países
donantes. Aún así los diferentes temas poseen también para los países
en desarrollo singular importancia.
La acción ambiental reconoce múltiples ámbitos y plazos. Pero requiere
una profundización de los conceptos que oriente la acción cotidiana en
los múltiples planos en que se bifurca la relación sociedad-naturaleza.
La definición de estos conceptos nos aleja de quienes postulan la
conservación de la naturaleza sin profundizar en las relaciones sociales
(nacionales e imperiales) que inciden, tanto en su degradación, como en
la postergación y consecuente pobreza de los sectores mayoritarios de
la población. También estableceremos diferencias y diálogos con quienes
postulan cambios progresivos en la distribución del ingreso y del poder,
pero se encuentran obnubilados por los avances de la tecnología
moderna, no teniendo en cuenta las repercusiones negativas de ello en la
sociedad. Podríamos incluir a varios gobiernos latinoamericanos en esta
tendencia donde la mayor participación popular, la distribución
progresiva del ingreso es destacable, pero mantiene un desarrollismo
frecuentemente incapaz de utilizar las reales potencialidades de nuestra
naturaleza y hábitat, y difunde e instala los avances tecnológicos
generados por la voracidad del capital, al cual dicen, o creen,
controlar.
La nueva visión de la relación sociedad-naturaleza
El esfuerzo del ambientalismo debe ser integral, analizando las
múltiples interacciones entre la sociedad y la naturaleza y superando la
estéril antinomia entre la teoría y la práctica. No podemos adherirnos a
quienes postulan la innecesaridad del debate y su sustitución total por
acciones directas que demuestren resultados inmediatos. No solo
pensamos que “no hay nada más práctico que una buena teoría”, sino que
además la aparente rudeza de los niveles de la llamada práctica, ante el
menor análisis, no puede dejar de reflejar aspectos teóricos.
Obviamente, el desarrollo de la práctica orienta, reformula y enriquece
la teoría. No es posible postular algo nuevo sin ruptura, tanto de
método como de paradigma. Y las rupturas no siempre son armónicamente
asimilables. Por ello, los ambientalistas, en general, no debemos
recluirnos en un nuevo sector para tranquilidad de los restantes. El
saber ambiental reformula no solo los objetivos e instrumentos del
desarrollo, sino también la metodología de la denominada “planificación
del desarrollo”, hasta llegar a preguntarse sobre la licitud del
desarrollo a la par que inicia una revisión epistémica de cada campo del
saber.
Las nuevas estrategias y los cambios climáticos y globales
Nos disponemos a avanzar, ahora, en la definición de algunos conceptos
que contribuyan en la formalización de las categorías básicas
ambientales y sus múltiples relaciones con la ciencia económica.
Nuestro actual estilo de desarrollo, basado esencialmente en el
paradigma tecnológico petróleo dependiente y en el gigantismo, generó un
sector informal que en varios países llega a absorber el 50 % de la
población. El nuevo paradigma tecnológico surgido de la revolución
informática y la automatización de los procesos promete ahondar mucho
más esta marginación. Si este sector informal llega a constituir la
mayoría de la población, los objetivos democráticos no podrán cumplirse.
Por ende, el desarrollo social y ambientalmente sostenible solo podrá
contribuir con el bienestar de nuestros pueblos si, conscientes de las
actuales tendencias, se plantease un camino diferente. Para ello deberán
superarse en principio los conceptos predominantes sobre el desarrollo,
que se “han comportado” como mitos y que aún en la actualidad “se
revelan” como verdades indiscutibles. Coherentemente, también han
coexistido criterios predominantes de planificación del desarrollo. La
crítica a los “mitos” y a los criterios de planificación conformará una
nueva estrategia y visión, que será herramienta fundamental del
desarrollo sustentable.
Definiremos, instrumentalmente, lo que consideramos desarrollo
sustentable para orientar nuestra delimitación de diferentes
estrategias, profundizando la forma en que las nuevas estrategias deben
superar los viejos prejuicios del desarrollo y la planificación.
La definición de desarrollo sustentable adoptada por la Comisión Mundial
de Medio Ambiente y Desarrollo lo considera una modalidad que
posibilita la satisfacción de las necesidades de esta generación sin
menoscabar las posibilidades de las futuras generaciones, y enfatiza en
el mantenimiento de los recursos, proponiendo una serie de temas que
deben discutirse y negociarse para mejorar la situación.
Cuando se elaboró Nuestro futuro común, que fuera la base de la reunión
de Río, organizamos Nuestra Propia Agenda, donde introdujimos varios
temas que Nuestro futuro común no había considerado. A los efectos de
este documento, tomaremos la definición antes mencionada. Teniendo en
cuenta nuestra propia experiencia y nuestro pensamiento sobre el
desarrollo, podemos enriquecer la definición mencionada del desarrollo
sustentable, volviendo más explícitos algunos problemas sociales.
El objetivo esencial es elevar la calidad de vida mediante la
maximización a largo plazo del potencial productivo de los ecosistemas, a
través de tecnologías adecuadas a estos fines y también mediante la
activa participación de la población en las decisiones fundamentales del
desarrollo. En esta definición tenemos delineados los elementos
fundamentales que conforman la base de la estrategia global. La calidad
de vida como objetivo central y, como instrumentos, la utilización
racional de recursos naturales, las tecnologías adecuadas y la
democratización del proceso de desarrollo.
Esta visión enfatiza en la sustentabilidad del modelo propuesto, para
que ello sea posible, este concepto debe referirse, tanto a lo ecológico
como a lo económico y social. La sustentabilidad ecológica nos impulsa a
adoptar sistemas de manejo de recursos y sus tecnologías
correspondientes —compatibles a los procesos regenerativos—, mediante
transformaciones deseables a las características del hábitat, que logre
también el uso integral de los recursos. La sustentabilidad económica
determinará la consideración de todos los costos (incluyendo los
derivados de la reproducción de la naturaleza) y todos los beneficios
(incluyendo los generados por el uso integral). La sustentabilidad
social dependerá de que las condiciones y calidad de vida de nuestra
población se eleven sustancialmente y ello motive el interés de su
activa participación en las distintas instancias del proceso, generando
al mismo tiempo cambios en el patrón tecnológico y en el patrón de
consumo. Todo ello solo podrá afirmarse, y no será reversible, en la
medida que se generan y establecen nuevas relaciones sociales
solidarias.
La estrategia
La imagen objetivo que perseguimos ya la hemos definido, en forma
general, en la explicitación del concepto de desarrollo sustentable. La
característica del mismo está delineando también la estrategia a seguir.
Si bien existe un objetivo central, el mismo se expresa en múltiples
formas de acuerdo a la diversidad cultural de nuestro continente, a sus
diferentes recursos, accesos tecnológicos y formas de representación
política. Y esta es una tarea no resuelta, que no puede resolverse sin
el activo protagonismo de nuestros pueblos. Al mismo tiempo, el
principal objetivo quizá esté en los instrumentos para lograrlo, ya que
en estos instrumentos se incluye la lucha solidaria de la población en
la transformación de su realidad y en el desarrollo integral de las
personas. En realidad, este es el objetivo: lograr este desarrollo
integral mientras perseguimos una calidad de vida cada más esquiva que
tendrá que demostrar su factibilidad luchando por ella. De tal manera,
no estamos seguros en conseguirla pero la lucha por ella nos inscriben
en la aventura deseable y factible que reivindica las mejores
potencialidades de nuestros pueblos.
La base general de nuestra estrategia es aquella que logre un manejo de
nuestros ecosistemas a través de una transformación perdurable de los
mismos, que potencie su capacidad generadora de bienes, utilizando
tecnologías adecuadas. Entendemos por tecnología adecuada la que mejor
articule el logro de estos fines, y que puede expresarse en un amplio
espectro de niveles —desde las más “avanzadas” hasta las más simples—,
tratando de utilizar los conocimientos científicos y la capacidad
productiva de nuestros pueblos.
Al mismo tiempo, la elaboración de las cuentas del patrimonio natural a
través de los costos de manejo podrá hacernos conocer y defender
nuestros recursos naturales, vistos en forma sistémica que es la única
manera en que podemos llegar a un manejo integral y sustentable.
La forma de operar de este principio para lograr una mejor calidad de
vida, puede ser muy diferente según los países, las regiones y los
ecosistemas. Por ello, se requiere un estímulo regional para que los
mecanismos de participación real de los pueblos se perfeccionen y puedan
protagonizar la definición de los caminos y los nexos de cooperación y
solidaridad que ello supone.
Es decir, no hay un solo camino, sino muchos hacia un objetivo central:
la calidad de vida de toda la población latinoamericana con diferentes
expresiones que hacen a la heterogeneidad cultural, pero, sobre todo,
sin marginados. Debemos, entonces, permitir el desarrollo de la
imaginación de nuestros pueblos en las búsquedas de sus propios caminos.
Respetar y estimular sus formas de organización y cultura, así “como
colaborar en el mejoramiento de sus tecnologías tradicionales a la luz
del conocimiento científico mundial”, como forma de lograr mejorar de
manera directa su condición social. La articulación con el mercado
mundial debe comportarse como un medio para este fin.
Esta es quizá la gran estrategia. Sobre estas bases deberá plantearse la
forma de vencer a las importantes trabas estructurales, económicas,
políticas y sociales que impiden el desarrollo sustentable.
No resultan obvios estos puntos, en especial si se adquiere un
compromiso concreto con ellos en cada una de las acciones del desarrollo
y no se les condena a la soledad de los postulados. En realidad están
replanteando las bases mismas del desarrollo tradicional o del
desarrollo que concibieron los medios dominantes de occidente. El
objetivo ya no consiste en cerrar la brecha que nos separa de los países
desarrollados, sino en recorrer un nuevo camino con sus propias metas.
Si postulamos un camino similar, que nos posibilite cerrar la famosa
«brecha», privaremos a la mayor parte de nuestra población de los
beneficios del desarrollo o se generarán tensiones mundiales
insostenibles por el acceso a bienes escasos y finitos, así como
modificaciones que generarán un hábitat incompatible con la consecución
de la vida del hombre. Como acertadamente lo afirma el Informe Nacional a
la UNCED (1992) de Brasil, cada uno de los integrantes del 20 % de la
población mundial de mayores ingresos, ejerce una presión sobre nuestros
recursos veinticinco veces superior que el promedio del 80 % de la
población de menores ingresos (7). La aplicación de un principio de
equidad exigiría elevar en esa proporción su consumo, con las
repercusiones previsibles sobre los ecosistemas.
Pero si, en especial, nuestro objetivo es mejorar sustancialmente la
calidad de vida de nuestra población, con el concepto que hemos
definido, es imposible lograrlo con la estructura de un consumo
imitativo. Ese consumo está relacionado con la disponibilidad de
recursos naturales que arbitran los países centrales, con su tecnología y
su propia cultura.
Ello no significa rechazar las nuevas tecnologías, menos aún hoy que
vivimos en un sistema mundial cada vez más interrelacionado. Lo que sí
significa, es poner en el centro de nuestro propio interés el bienestar
de nuestros pueblos, satisfacer nuestras necesidades —en lo posible— con
nuestros propios recursos naturales y financieros, y la adaptación
necesaria de los cambios de nuestra capacidad tecnológica en función de
nuestros objetivos.
Por su parte, en los propios países centrales existen fuerzas sociales
que se plantean un cambio en el estilo del desarrollo. En realidad, será
difícil que tengan solución los problemas globales del medio ambiente,
si ellos no cambian su estilo degradador. Esto debería ser un elemento
de negociación, pero mientras no lo hagan, deberían hacerse cargo de la
parte que les corresponde en la degradación mundial.
En nuestra región, debemos generar cambios en la estructura de consumo
para adecuarla a otro estilo de vida que deben definir nuestras
poblaciones, seguramente más adecuado a su salud física y mental. Esto
supone importantes cambios en la tecnología, el patrón de producción y,
por supuesto, la demanda de recursos naturales.
Los recursos naturales no deben jugar un papel pasivo —como siempre lo
hicieron— en función de nuestras demandas, sino que, en base a un mejor
conocimiento de los mismos, deberían generar alternativas de uso
sostenible, integral y de consumo diferente para satisfacer necesidades.
El balance entre los requerimientos del consumo de un estilo de vida
distinto y las nuevas oportunidades que brinda una movilización más
integral de nuestros recursos, con los manejos y tecnologías adecuadas,
conforman alternativas por las cuales la participación de nuestra
población debe optar. En esto debería consistir el ejercicio del
desarrollo sustentable. Supone la revisión de gran parte de los
principios que hasta ahora fueron guiando los conceptos tradicionales a
una parte de la población y la interacción con otras, así como con las
metodologías de implementación. Para el análisis de la calidad de vida,
propiciamos analizar la relación entre el sujeto (que posee
necesidades), el objeto (que es capaz de satisfacerlas) y el proceso de
satisfacción de necesidades (que sería nuestro aparente objetivo del
desarrollo).
La relación sujeto-objeto-satisfacción de necesidades
El proceso de satisfacción de necesidades fue expuesto tradicionalmente
en forma clara por las diferentes ciencias; más aún, la Organización
Mundial de la Salud también colaboró para que la apariencia tratara de
afincar los lazos con la realidad y la reemplazara.
Existen los sujetos que poseen necesidades. Estas necesidades solo son
cierto desequilibrio entre las fuerzas psíquicas y físicas del individuo
con su entorno, y el proceso de satisfacción de esas necesidades se
logra cuando el sujeto se apropia del objeto. Está claro entonces que
tenemos un sujeto, que es quien tiene la necesidad, un objeto con el
cual se enfrenta y que es quien le promete satisfacer esas necesidades
en base a las características físicas que él mismo tiene, y la absorción
del objeto por parte del sujeto que logra terminar el proceso
acercándose a cierto bienestar que el nuevo equilibrio ha restablecido.
Al mismo tiempo, el desarrollo de estas necesidades está ya inscripto.
Lo anunciaron las sociedades más desarrolladas, lo prevé teóricamente
Rostow y lo denuncian muchos, entre los cuales, por su trascendencia, se
destaca Raúl Prebisch con el “Capitalismo Inmitativo Periférico” en las
dos primeras Revista de la CEPAL.
El pensamiento oficial fue muy influenciado por R. Rostow, (8) al cual
no le dedicaríamos varios párrafos si no fuera por la profunda huella
ideológica que dejó en la mayor parte de los técnicos, casi sin
diferenciación. Elaboró una metodología que posibilitaba analizar
procesos en cualquier tiempo y espacio, y para ello conceptualizó etapas
por las que todas las sociedades habían pasado y pasarían. En este
tránsito marcaba cinco estadios: el de la sociedad tradicional; el de
preparación para el “despegue”; el de la sociedad signada por el llamado
“take off”, es decir, el gran impulso por el cual la sociedad iniciaba
la ruptura de las trabas que le imponía el atraso; el de la marcha hacia
el progreso, es decir, de desarrollo de las fuerzas productivas y
crecimiento sostenido, y aquel en el cual se llega finalmente al
objetivo de alto consumo, característico de las sociedades de los países
centrales. Lamentablemente, esta es la idea central del desarrollismo
de la cual hasta hoy no hemos podido liberarnos.
En resumen, este tipo de análisis supone que el camino hacia el
desarrollo pasa por una modernización y que, independientemente de las
sociedades y las relaciones sociales, deben existir “los empresarios
dinámicos”, que con su esfuerzo desarrollan y difunden las tecnologías
necesarias.
En síntesis, una meta, un inicio y un camino.
Rostow logró casi lo imposible: elaborar un modelo de crecimiento
mundial que a la vez es diagnóstico y pronóstico; elevarse sobre las
particularidades de las culturas, los intereses, los ecosistemas y los
sistemas políticos, para destacar constantes que se han dado y se darán.
Naturalmente, estas constantes no son otras que las particulares
realidades que vivieron los países que hoy llaman desarrollados. Las
etapas son en realidad una abstracción. En las ciencias, tanto naturales
como sociales, se elaboran con frecuencia abstracciones útiles. Esta,
lamentablemente, no parece ser una de ellas.Tampoco debemos ser injustos
con Rostow. Su teoría estaría a punto de comprobarse con el rompimiento
del campo llamado socialismo real, la incorporación de la casi
totalidad de los países al Fondo Monetario Internacional y de China e
India al consumo masivo, y el desplazamiento de China como líder mundial
de la emisión de carbono. Pero permítasenos mantener nuestra disidencia
y recordar que las postulaciones ambientales en esos años criticaban
fuertemente estas posturas.
La calidad de vida y la lucha contra el cambio climático
Con los elementos que hemos mencionado en este artículo, podríamos
definir la calidad de vida a partir del vínculo dinámico entre el
individuo y su ambiente —no es, por tanto, un concepto que fijamos desde
el individuo, sino desde la relación dialéctica ente el individuo y su
ambiente—, y donde la satisfacción de necesidades implica la
participación continua y creativa del sujeto en la transformación de la
realidad —si no existe este intento de transformación y si esa
transformación no es continua, tampoco tiene mucho sentido establecer el
concepto—. Esto significa un proceso en el que el conflicto dinamiza e
impulsa el desarrollo, tanto individual como social (no hay equilibrio
sino casualmente, de alguna manera tendemos a él desde constantes
desequilibrios y ello nos hace accionar permanentemente). Significa
también situaciones, siempre cambiantes, en las que existe un proyecto
de futuro; este proyecto nos hace actuar, es el desencadenante
permanente. El sujeto individual o colectivo percibe sus necesidades y
satisfactores, y evalúa la calidad de vida desde su propio pensamiento
(e ideología) que está determinado por el lugar que ocupa este sujeto en
la estructura social, en un momento determinado y en una sociedad
determinada —el individuo no surge de la nada ni está “libre”, sino que
está inmerso en relaciones sociales determinadas en una sociedad
determinada.
Esta definición de calidad de vida ha sido elaborada en colaboración con
Leticia Cufre, psicóloga en la Ciudad de México, en l982. Pero dicha
definición debe articularse con los objetivos que debemos trazar en
función de las contradicciones de la lucha contra el cambio climático.
También aquí existen los que postulan algunos cambios importantes, pero
no incorporan la dimensión que deben tener estos cambios. No cabe duda
que las tareas de mitigación y disminución de nuestra vulnerabilidad
deben incorporarse como acción prioritaria para mejorar la situación y
prevenir los grandes embates, pero no debe, en ningún momento, afectar a
nuestro principal objetivo: lograr un cambio sustancial de la
tecnología de los países desarrollados que son los principales
responsables de la generación de emisiones de todo tipo que afectan
nuestro planeta.
Luchar por los principios de la calidad de vida, sin transigir pero
afirmando posibles avances parciales que permitan acumular fuerzas para
cambios más profundos, parece una quimera siempre planteada y
difícilmente cumplida. En la mayor parte de los casos, muchos
movimientos invalidan esos avances por lo limitados que son, e incluso
desechan ciertos logros, y otros, por afirmar estas reformas parciales,
no desean planteamientos más profundos. Los tiempos, los niveles de
profundidad de los cambios y los instrumentos que nos pueden ayudar,
deberán ser utilizados plenamente. No debemos dejar ningún espacio sin
disputar las ideas, para conformar un estilo diferente de convivencia
con la naturaleza y con nuestros pueblos. www.ecoportal.net
Hector Sejenovich • Argentina - Ilustración: Zardoyas - Texto publicado en el Cuaderno RUTH No. 5/2011, pp. 60-86 y La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana.
Notas:
1- Varios de los conceptos que parecen en este ensayo fueron elaborados
para un capítulo del libro (a cargo de Luciano Vasapollo e Ivonne Farah)
PACHAMAMA. L’educazione universale al Vivir Bien, NATURA AVVENTURA
Ediciones, Italia. En este caso se enfatiza la lucha contra el cambio
climático.
2- También el concepto de desarrollo de las fuerzas productivas denota esta categoría.
3- Federico Engels: Dialéctica de la Naturaleza, Editorial Juan Grijalbo, México, 1962.
4- Hector Sejenovich: Crítica a la economía política no sustentable (en edición).
5- Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo (Gro Harlem
Brundtland, presidenta de la Comisión): Nuestro Futuro Común, Naciones
Unidas (varias ediciones).
6- Mahbub ul Haq (coordinador general): Desarrollo Humano. Informe 1991,
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Tercer Mundo
Editores, Bogotá, Colombia, mayo de 1991.
7- Relatoría de Brasil para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (UNCED), 1992.
8- R. Rostow: Las etapas del crecimiento económico. Un Manifiesto no comunista, Fondo de Cultura Económica, México, 1970.

No hay comentarios:
Publicar un comentario