En un libro reciente sobre Mecánica Cuántica se puede leer lo siguiente:
Antonio Ruiz de Elvira
¿Ciencia?
¿Que ciencia enseñamos, no solo aquí, sino en todo el mundo?
¿Enseñamos ciencia o formamos zapateros, oficiales gremiales que saben
hacer sin saber que hacen ni por qué lo hacen?
En un libro reciente sobre Mecánica Cuántica se puede leer lo siguiente:
“Cuando encontré la mecánica cuántica en mi primer año en el MIT,
escribí la ecuación de Schroedinger en la página de mi cuaderno de
apuntes, entusiasmado al ver que la ecuación gobernaba todo lo que hay
en el Universo. Para mi Tesis doctoral hice un análisis cuántico de
sistemas magnéticos. Manejaba con facilidad las técnicas de la teoría
cuántica, pero no tenía tiempo para pensar sobre su significado. Estaba
demasiado ocupado tratando de publicar artículos para conseguir el
título de doctor“.
Jóvenes brillantes formados como especialistas, pero no como científicos.
¿Qué es la ciencia?
Cada lector escribirá su propia respuesta, pero la realidad (como
realidad incuestionable es que dos esferas del mismo diámetro,
igualmente pulidas, una de acero y otra de ébano, con densidades de 7.8 y
1.0 g/cm3, caen ambas con exactamente la misma aceleración en el mismo
punto del planeta) es que la ciencia no es aprender recetas muertas,
sino preguntarse constantemente por aquello que no entendemos.
Ciencia es la ”Aventura del pensamiento“, como siempre dijo Einstein, es la exploración de lo desconocido, no el uso de lo conocido.
Para iniciar la aventura es claro que es necesario proporcionar las
herramientas, pero esas herramientas son un medio, nunca un fin.
En la mayoría de las universidades del mundo hemos vuelto al sistema
gremial; y el esquema de puesto de trabajo a cambio de número de
publicaciones, aunque las publicaciones no aporten nada, ha convertido
la ciencia en una formación artesanal.
Sin embargo lo que necesitamos no es eso. Haciendo lo mismo que
hacemos siempre llegamos a donde siempre: A crisis recurrentes, que no
nos permiten reaccionar contra los cambios de las condiciones de
contorno del sistema, cambios provocados por nuestra mera actividad,
nuestro hacer lo que siempre hacemos.
Aunque el ejemplo es enormemente antiguo me tomo la licencia de
ponerlo: El imperio romano colapsó porque, ante el desafío de su
creciente burocratización, incrementó ésta.
Es difícil que España (y Europa, y un poco después el mundo entero)
salga de la crisis económica, o deje de lado las crisis recurrentes si
las soluciones son iguales a las causas que las originan.
Es difícil que avance la ciencia, de verdad, si se forma a los
alumnos como perfectos artesanos, como magníficos burócratas, y no como
creadores e innovadores.
La sociedad ha gastado unos nueve mil millones de euros para buscar
el Bosón de Higgs, que, si se encuentra, lo único que hará será
confirmar un modelo ya existente.
Pero la naturaleza tiene infinidad de misterios, que no se pueden
resolver utilizando las reglas, las ecuaciones ya conocidas. Energía y
materia obscura son entelequias como lo era el éter del siglo XIX. No
podemos resolver las incógnitas nuevas del universo utilizando las
ecuaciones de hace 96 años.
Tenemos que cambiar la forma de educar a nuestros científicos para
que se planteen constantemente los misterios del universo, y no solo
para que apliquen las reglas ya conocidas.
Es este esquema de viejos, de falta de la alegría, de falta de
juventud que quiere explorar, lo que nos ha metido en una sociedad en
estancamiento como esta en la que hoy vivimos, estancada a pesar de
todos los juguetes tecnológicos que entretienen unos días y que se
quedan viejos (otra vez esta palabra) en unos meses.

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