Mauritania, uno de los países más áridos de África, sufre un imparable proceso de desertización causado no sólo por las sequías cíclicas, sino por el alto consumo de carbón de leña que está diezmando los escasos bosques del país.
El ministro delegado para el Medioambiente y el desarrollo
sostenible, Mohamed Yeslem uld Mohamed Lemine, acaba de hacer público un
alarmista informe en el que se señala que su país es uno de los más
afectados por la desertización en el Sahel, una zona ya de por sí
expuesta al implacable avance de la arena.
Las cifras hablan por
sí solas: Mauritania consume tres veces más madera de la que es capaz de
generar, dijo Lamine, cuyo ministerio ya recordó en el estudio más
exhaustivo presentado hasta la fecha que entre 2005 y 2010 el país
perdió anualmente 5.000 hectáreas de bosque más 10.000 de zonas
reforestadas.
Todavía un 70% de hogares en Mauritania cocinan -y
se calientan en invierno- con madera o con carbón vegetal, según cifras
del ministerio, en detrimento del gas butano, y todo esto constituye una
enorme presión sobre la escasa superficie arbolada del país: de los 103
millones de hectáreas de territorio mauritano, sólo tres millones son
arbolados, situados todos en el sur del país.
A esto hay que
añadir la actividad de los hornos tradicionales y de los baños públicos
(hamams), que también suelen utilizar la madera como combustible en
lugar de butano.
Extrema sequía en los 70
Situada
en el extremo suroeste del desierto del Sáhara, Mauritania sufrió a
mediados de los años sesenta una serie de años de sequía que acabaron
prácticamente con la vegetación herbácea y arbustiva, y desde aquella
época los vendavales de arena son ya crónicos.
Aquel fenómeno
acabó prácticamente con la agricultura de secano, dependiente del agua
de lluvia, y ha reducido las hectáreas agrícolas a la estrecha franja
fértil junto al río Senegal, que marca la frontera sur del país.
En paralelo, los pueblos nómadas, que vivían al ritmo de las
lluvias y de los lagos que se formaban fugazmente en el desierto -con
los que daban de beber a su ganado- han ido desapareciendo y la práctica
totalidad se ha sedentarizado y urbanizado.
El avance de la arena
La
agricultura en el desierto, el nomadismo... todo aquello forma parte
del pasado; ahora las quejas por el avance de la arena tienen que ver
con la invasión sobre las carreteras y las vías que unen las ciudades,
polo de toda actividad económica.
Para el presidente de una ONG
ambientalista, Miaga Abdusalam, no es de sorprender el avance de la
arena teniendo en cuenta los daños causados a la flora en el país:
comenzando por el pastoreo (que consume la poca hierba que crece con las
muy escasas lluvias) y siguiendo con los incendios, que arrasan 30.000
hectáreas anuales.
Pérdida de bosques y de vegetación
La
pérdida de masa boscosa y de vegetación en general, y el consiguiente
avance de la arena, constituyen además una amenaza concreta para las
ciudades, principalmente las del interior, que no pueden impedir que las
dunas se vayan tragando sus confines pese al plantado de palmeras o la
construcción de muros que acaban revelándose insuficientes.
No
menos de 20 proyectos de reforestación, conocidos como "cinturones
verdes", han sido creados, sobre todo en torno a Nuakchot y la llamada
"carretera de la esperanza" (1100 kilómetros) que atraviesa el país de
norte a sur junto a la costa atlántica.
En total, se han sembrado
68.000 hectáreas con los más diversos métodos que han incluido incluso
el lanzamiento desde avionetas de semillas en vísperas de la estación de
lluvias.
En paralelo, las 48.000 hectáreas de "bosques
clasificados" gozan de una protección particular y su uso está
estrechamente vigilado, pudiéndose considerar como una especie de
tesoros nacionales.
En cuanto al resto de superficies arboladas, y
pese a la existencia de una reglamentación teórica de explotación, son
vistas por una gran parte de la población sencillamente como un almacén
de madera. EFEverde

No hay comentarios:
Publicar un comentario