Selvas y
bosques, pueblos indígenas, fauna… Nada escapa a la inconsciencia de la
maquinaria moderna, una maquinaria sustentada por todos nosotros, desde
las élites económicas
Pedro Pozas Terrados
Selvas y bosques, pueblos indígenas, fauna… Nada escapa a la
inconsciencia de la maquinaria moderna, una maquinaria sustentada por
todos nosotros, desde las élites económicas y políticas hasta los
ciudadanos de a pie, que observamos desde nuestra individualidad como
más allá de las fronteras de nuestro país se vulneran los derechos del
planeta y los seres que lo habitan. Esta esclavitud a la que están
sometidos esos países que llamamos “del tercer mundo” es la que hace
posible nuestra sociedad moderna, del progreso y los excesos, tal y como
la conocemos, impensable sin el expolio de materias primas para la
producción y el consumo insostenible. Un expolio que está provocando la
desestructuración de las comunidades indígenas, contaminando el medio,
arrasando selvas y dejando sin alimento, hogar y dignidad a miles de
seres humanos y no-humanos. Es entre éstos últimos donde se encuentran
los grandes simios, hermanos evolutivos olvidados a los que estamos
robando el hábitat y la vida.
Lágrima esmeralda nos ofrece una visión integral de
la actualidad mundial respecto a selvas y bosques, las comunidades que
allí habitan y las especies animales en peligro, con particular atención
en los grandes simios. La lucha por los derechos naturales y legales de
estos últimos ha sido durante lustros la punta de lanza de un intenso
activismo y apasionada dedicación, por parte del autor de este libro, en
pos de la recuperación de nuestra preciosa esmeralda.
Hemos heredado una esmeralda tocada, rota en diferentes vértices y en
lugar de conservarla, cuidarla y reparar, hemos colocado un muro a la
insensibilidad y la ignorancia. Nuestra esmeralda está muriendo, está
desapareciendo por decisiones de un poder económico que se ha convertido
sin lugar a dudas, en un verdadero crimen de lesa humanidad. Cientos de
multinacionales son responsables de las mayores barbaridades que nos
podamos imaginar. Se están cometiendo en la actualidad, el asesinato de
miles de líderes indígenas que luchan por la conservación de las selvas
tropicales que de por si deberían estar ya protegidas por beneficio a la
biodiversidad de nuestro planeta. Miles de campesinos, periodistas,
luchadores en la defensa de la tierra y la conservación de los pueblos
del bosque, son igualmente asesinados, haciéndoles desaparecer para
siempre mientras hipócritamente, las Naciones Unidas celebran los años
internacionales del bosque o la biodiversidad, sin importarle para nada
la situación real de lo que esta ocurriendo. Una vergüenza que hace que
la dignidad humana quede por los suelos.
Lágrimas de esmeralda caen por las mejillas de quienes intentamos
buscar una solución a estos desmanes y solo encontramos puertas
cerradas, mentes huecas carentes de toda humanidad, espinas adosadas en
senderos maltrechos sin posibilidad de llegar a una solución estable, a
un mundo mejor y más desarrollado, donde todos los recursos naturales
fueran propiedad de la humanidad, donde el respeto por la vida de todos
los seres vivos fuera el objetivo principal de nuestra existencia, donde
el bienestar de todos nos hiciera felices de vivir en una Tierra
hermosa. Pero los sueños se desvanecen cuando despertamos y el mundo se
muestra de manera cruel, tal cual es.
Si permitimos que nuestra Esmeralda estalle en mil pedazos, estaremos
dando paso a la incoherencia y la maldad de unos pocos contra muchos,
cometeríamos un crimen no sólo contra nosotros mismos y el resto de los
seres vivos que pueblan el planeta, sino contra las generaciones
futuras que no podrán disfrutar de esa Esmeralda verde que tanta
esperanza nos transmite y que con tanto ahínco han luchado muchos héroes
de la Tierra que han y siguen siendo asesinados por defenderla.
La igualdad debe ser un valor alcanzable por nuestra civilización, un
logro a perseguir en cada momento y extenderla más allá de nuestra
propia especie, es un don que el ser humano debe poseer y mostrar para
siempre.
Nos enfrentamos a la triste realidad de una extinción
anunciada, donde el hombre, imparable en su labor destructiva como
especie dominante y peligrosa, no se para a pensar en las consecuencias
de su abusiva conducta. La Tierra tiembla bajo las botas del ser humano.
El cambio climático ocasiona numerosas tragedias humanas. Los países
del mundo reconocen que la culpa de todo esto, son las propias manos del
homo sapiens y sin embargo nadie hace nada por intentar parar esta
inconsciencia, esta ceguera que oculta la realidad.
La problemática de los Grandes Simios se ha convertido en un grave
peligro de su propia existencia. Numerosas amenazas pesan sobre ellos
diariamente y en quince o veinte años, habremos dejado de compartir
espacio con estos seres ancestrales, con estos hermanos evolutivos que a
pesar de encontrarse al mismo nivel que los hombres prehistóricos, los
tratamos como simples animales, como carne de laboratorio y alimento, de
risa y de rejas, no queriendo darles sus más elementales derechos, a la
vida, a la libertad y no ser torturados no física ni psicológicamente.
Parece como si a pesar de saber que compartimos con ellos el 99% del
ADN, quisiéramos cerrar los ojos ante la evidencia por temor a
enfrentarnos con otro ser como nosotros. Estamos acostumbrados a ser
únicos en la tierra, a sentirnos egocentristas, donde todos los seres
vivos giran alrededor nuestro y no queremos aceptar que hay otros que
han recorrido el mismo camino que nosotros y que sin embargo no les
reconocemos ni siquiera el derecho a la vida.
Ciertamente estamos cometiendo un grave error, donde las generaciones
futuras nos reprocharán por nuestra ignorancia y nuestro egoísmo, el no
haber estado a la altura de la sabiduría que tanto nos enorgullece y
que ponemos como ejemplo y modelo de la superioridad del ser humano ante
el resto de las especies.
Muchas veces, cuando las noticias salta a los medios de comunicación
sobre el descubrimiento de un nuevo homínido de hace millones de años o
los ya famosos yacimientos de Atapuerca que tanta importancia parecen
haber tenido, nos vemos ciegos de ambición y poder, ciegos de una
ciencia que no avanza en determinados aspectos, que ha quedado
estancada. Queremos seguir estando solos sin rendir cuentas a nadie,
para así dominar el mundo como lo estamos haciendo, para hundir la
tierra en la hecatombe. Estoy convencido, que si mañana descubriéramos a
un grupo de neandertales que hubieran sobrevivido hasta nuestros días,
serían tratados como meros animales y nuestras miradas seguirían
desviadas hacia los que no pueden cambiar la línea establecida, hacía
los huesos del hombre prehistórico.
El hombre cree que dominar es arrasar, es destruir, es matar. Hasta
tal punto se lo cree, que se mata así mismo, que destruye los seres tan
maravillosos que comparten la vida en este planeta. Existe un cambio
climático evidente acelerado por culpa de los humanos, de sus malas
gestiones, de su agresión al medio en donde habita, y sin embargo nadie
hace nada para desacelerar esta locura. Ahora nos echamos las manos a la
cabeza cada vez que una catástrofe natural se lleva a miles de personas
por delante. Pero todo queda en el horror de las muertes y de las
pérdidas económicas y seguimos obstinados en seguir hacia delante con el
petróleo, en no buscar y fomentar alternativas energéticas limpias y
libres. No estoy proclamando una vuelta a las cavernas. Lo que estoy
gritando y muchos otros también lo hacen, es que tenemos la suficiente
tecnología para efectuar de una forma radical un cambio de rumbo a todos
los niveles. Somos inteligentes o al menos nos lo creemos. Por ello
este cambio de camino tiene que realizarse de una forma rápida. No
podemos esperar décadas para tomar decisiones, años para votarlas, y
otra década para cumplirla, ya que nos habremos encontrado con nuevos
problemas. El medio ambiente es más serio de lo que muchas personas
creen. El conservar el tesoro de la biodiversidad es más importante de
lo que algunos políticos dicen prometer. No les interesan en lo más
mínimo conservar la vida y el bienestar de las personas y es fácil
tirarnos como colillas hundidos en el charco de la calzada.
Es gracioso ver algunos “científicos” de salón o primatólogos de
boquilla, cuando entonan en sus conferencias las alabanzas de sus
estudios que en ocasiones no llegan a ningún lado y que mueren en
recopilaciones absurdas. Gente que se cree de otro rango y que sin
embargo no son capaces de levantar su voz por la defensa de los bosques
primarios, la casa de los primates. Se reúnen como conejillos sin rumbo,
entonan sus palabras buscadas y moldeadas y esperan que les den
palmaditas en la espalda como si fueran eminencias. Que ilusos y que
pobres de pensamiento y palabra. Si no se conservan los bosques
primarios, sino luchamos en defensa de la biodiversidad, no tendremos
primates en libertad y por consiguiente, tampoco primatólogos de salón.
En este sentido, algunos científicos tras los fraudes que
constantemente se realizan y los robos de trabajos y artículos engañosos
en todas las partes del mundo, dicen que la lección más importante que
debemos aprender, es que la ciencia no es algo especial; por lo menos,
ya no. Tal vez fuera cuando Einstein hablaba con Niels Bohr y no
existían más que unos pocos especialistas importantes en cada campo.
Ahora, en cambio, Estados Unidos cuenta con tres millones de
investigadores, sin contar con el resto de los países del mundo. La
ciencia ya no es una vocación, es una profesión, un negocio, una
actividad humana igual de corruptible que cualquier otra. Los que la
ejercen, no son santos, son seres humanos y hacen lo mismo que el resto
de los seres humanos: mentir, engañar, robarse unos a otros, entablar
demandas, ocultar datos, falsificarlos, darse una importancia exagerada y
desacreditar injustamente a los que sostienen un punto de vista
opuesto. Así es la naturaleza humana y nunca cambiará, al menos mientras
siga en este pedestal único del super-sapiens, del egocentrismo
patológico y de la inconsciencia ilimitada.
Este es el panorama con el que nos enfrentamos y al que tenemos que
poner una solución que haga brillar de nuevo a nuestra esmeralda y que
las lágrimas verdes de cristal puro, conquisten los corazones de la
igualdad.
Este libro quiere ser un grito en defensa de la biodiviseridad, en
defensa de nuestros hermanos evolutivos y en defensa de los no humanos
que no tienen voz. Es un canto a la vida y una denuncia a la muerte, una
luz a la esperanza y un clavo doloroso a la cautividad, una lágrima de
esmeralda y una igualdad más allá de la humanidad.

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