La agencia, que maneja datos oficiales de 2011 remitidos por los Estados miembros, recuerda que pese al descenso de emisiones de las últimas décadas
—acelerado por la crisis de los últimos años— hay contaminantes, como
las partículas y el ozono troposférico, que “siguen provocando problemas
respiratorios y enfermedades cardiovasculares y reduciendo la esperanza
de vida”. El toque de atención del informe anual de la EEA llega en un
momento decisivo. Hace solo unos meses la OMS actualizó su guía de 2005
sobre los efectos negativos en la salud de los contaminantes. Sus
conclusiones fueron reveladoras: la ciencia los ha demostrado
sobradamente y son mucho peores de lo que se creía ocho años atrás. Con ese análisis sobre la mesa, a la Comisión Europea le toca mover ficha y revisar su legislación.
¿La endurecerá o solo modificará levemente alguna directiva sin efecto práctico? La comunidad científica, poco dada al lobbying, empieza a presionar a Bruselas para que sea más estricta. Los investigadores lo escriben en sus papers (estudios publicados en revistas) e incluso hay academias, como la de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI),
que se dirigen a la Comisión para hacerle llegar los datos y recomendar
las medidas más efectivas. Los resultados científicos son cada vez más
abrumadores y no dejan de crecer con cada nueva publicación
especializada. Un día es la relación de las partículas finas (PM2,5) con el bajo peso de los bebés al nacer; otro, los casos de asma en niños que viven cerca de vías con mucho tráfico; enfermedades cardiovasculares; problemas respiratorios...
“Las evidencias científicas están encima de la mesa, y Bruselas debería tenerlas en cuenta.
Como investigadores, nuestra obligación es decir lo que estamos
encontrando”, señala Julio Díaz, investigador del Instituto de Salud
Carlos III que lleva más de una década estudiando la asociación entre
las partículas PM2,5, procedentes en gran medida de los motores diésel, y
los efectos adversos en la salud. Sus trabajos han demostrado relación entre contaminación e ingresos hospitalarios, mortalidad en mayores de 75 años, por causas circulatorias, respiratorias... “Comprobamos que, incluso para niveles que según la UE eran seguros, se observaban efectos en salud”, afirma.
Los límites que pone Bruselas a la exposición a contaminantes generan
controversia. La legislación comunitaria es mucho más laxa de lo que
recomienda la OMS o incluso dispone la Agencia de Protección Ambiental
estadounidense. Un ejemplo claro son las partículas PM2,5. Europa
permite una media anual de 25 microgramos por metro cúbico; la OMS dice
que solo se protege la salud por debajo de 10. “Los límites de la OMS
son los que debemos perseguir”, asegura Xavier Querol, investigador del
CSIC. “En muchos informes de la Agencia Europea del Medio Ambiente o de
la Comisión se usan estos valores para ver qué porcentaje de la
población está expuesta a valores por encima de lo que se considera
perjudicial para la salud”, añade. “La OMS se ocupa de la salud. La UE
legisla utilizando criterios de coste-efectividad en los que la salud
compite con el coste-beneficio económico y social”, abunda Jordi Sunyer,
epidemiólogo del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL) en Barcelona.
El informe de la EEA constata que, entre 2009 y 2011, hasta el 96% de
la población urbana estuvo expuesta a concentraciones de PM2,5
superiores a las directrices de la OMS. En el caso del ozono, el 98%. El
comisario de Medio Ambiente, Janez Potocnik, recordó ayer que la
contaminación explica la muerte prematura de 400.000 personas en 2010 en
Europa. “¡Más de 10 veces las muertes por accidentes de tráfico!”,
exclamó. Su discurso
se tituló: “Si crees que la economía es más importante que el medio
ambiente, intenta aguantar la respiración mientras cuentas tu dinero”. Y
añadió datos sobre el coste de la contaminación: entre 330 y 940 miles
de millones al año (pérdida de jornadas laborales, menor productividad,
gasto sanitario...).
“La política de calidad del aire de la Unión Europea debe estar
basada en las últimas evidencias científicas”, sentenció Potocnik en
enero, cuando presentó el estudio de la OMS. El informe, en el que
participaron decenas de expertos de todo el mundo, recoge los estudios
recientes que asocian la exposición a distintos contaminantes con
problemas de salud como la ateroesclerosis, enfermedades respiratorias,
diabetes, dificultades en la función cognitiva, partos prematuros... El
texto recomendaba explícitamente “revisar el valor límite de las
partículas finas”, recuerda Querol, uno de los ocho científicos
asesores.
La Comisión también cree necesario revisar los del dióxido de
nitrógeno (NO2), el gas tóxico procedente de los tubos de escape que
tiene en vilo a ciudades como Madrid y Barcelona, que incumplen la legislación europea
y, como otras capitales, podrían ser sancionadas. “Estudios recientes
han asociado la exposición al NO2 con la mortalidad, ingresos
hospitalarios y síntomas respiratorios en concentraciones iguales o
inferiores a las que permiten los límites actuales”, aseguró la Comisión
en enero pasado, en una frase que parecía anunciar el endurecimiento de
sus políticas.
Desde la Agencia Europea de Medio Ambiente deslizan que, por más
pruebas científicas que haya sobre la mesa, “la Comisión también tiene
que tener en cuenta aspectos económicos y la opinión de los 28 Estados
miembros”. Aunque Potocnik esté decidido ser más estricto, deberá llegar
a acuerdos. La Comisión ha abierto consultas públicas y declaró 2013
Año del Aire para concienciar a la ciudadanía. Un Eurobarómetro reciente
afirmaba que casi cuatro de cada cinco encuestados creen que la UE debe
proponer medidas adicionales para hacer frente a la contaminación.
También desveló que los españoles eran los europeos peor informados
sobre calidad del aire y los segundos más convencidos de que sus
autoridades no hacen nada para combatir la polución.
El epidemiólogo Sunyer recuerda el abismo que hay entre lo que saben
los expertos y la percepción de la población. “Para los expertos, la
contaminación atmosférica es uno de los factores más peligrosos para la
salud, y sin duda el primero entre los ambientales”, señala. No así para
los ciudadanos, que podrían haberse acostumbrado a ver de vez en cuando
la boina negra sobre Madrid
—”falta de novedad”, dice— o, como sus efectos son invisibles o a muy
largo plazo, le restan importancia. “Muchas sociedades europeas están
más concienciadas que la nuestra de la necesidad de mejorar la calidad
del aire”, añade Querol.

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